ARTICOLI - LA DIVERSIDAD EN ECUADOR - De "La Economía Descalza" (Manfred Max-Neef)

El habitante de la costa es locuaz, expansivo, cortés. Ríe a menudo y está siempre dispuesto a dialogar en una prosa barroca, plagada de imágenes tropicales.

El indio de la sierra es reservado, estático, inmutable. Sonrisa corta y solemne.

Ambos tienen también el pedazo de alegría que les deja vivir en el mundo aparte.

La marimba en Esmeraldas. Un ritmo frenético que sacude a los negros durante horas en un trance hipnótico, que los empapa de sudor y trago blanco, mientras los tambores golpean en la noche y se repiten a lo largo del río. Hay reverencias, sombreros blancos, polleras de colores, pies descalzos sobre el piso de tablas.
Los gritos avivan la curiosidad de los que no se animan a entrar. La danza es una conquista amorosa llena de rechazos y galanterías. Música de viejos, herencia milenaria que los jóvenes admiran, mientras sus corazones se queman en el ritmo de la cumbia colombiana.

Y el indio baila también. Baila al son de su bandita de tambor y flauta. Una música larga, un ritmo que parece venido del viento. Con las manos cruzadas a la espalda, la cabeza erguida, el cuerpo tieso.

Los negros y los indios bailan y juegan: a las damas en Borbón, al cuarenta en Mariano Acosta, donde la ventana abierta de la Casa Parroquial, dejar oír los gritos del cura que va ganando. Afuera llueve, pero ellos han hecho una hoguera que lanza fogonazos contra la pieza oscura donde los jugadores rodean la única vela que les queda. Suenan las guitarras y los gritos. La jarra de chicha no descansa. Las muchachas bailan con el niño sujeto a la espalda y dormido. Ahora ríen y el alcohol les va poniendo la sangre de fiesta.

Allá en Borbón, un niño recorría la barraca, martillo en mano, aplastando los clavos que lastiman los pies de los bailarines.

Aquí en Mariano Acosta, la llovizna no alcanza a mojar la tierra secada por el fuego y los pies desnudos de los incansables.

El negro sabe contar su pena y su alegría, rodeándolo todo de palabras saboreadas y antiguas, con metáforas que se pegan como los colores de sus vestidos de fiesta, que retuercen las frases hasta una fantasía que sólo puede heredar de la selva.

Plaza de barro, iglesia de barro y paja. Cerdos atados a la puerta hociqueando el barro. Pueblo caído de la montaña. Niños descalzos, con una camisita corta, empapada, que apenas tapa el ombligo. La fiesta. Los regalos. Una bolsita de plástico con frijoles hervidos, una papa, una zanahoria. El pueblo se extiende por una sola calle polvorienta, cruzada a veces por las polleras de colores, por los perros, las gallinas y los cerdos. Sale humo por las ventanas. Una niña aviva el bracero donde hierven los granos y la papa del almuerzo. Parece que nada puede ocurrir aquí. En este pueblo perdido en la montaña.

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